La violencia de género es un tema que todavía hoy en día lidera las noticias de nuestros medios de comunicación. Las cifras son extremadamente preocupantes y, sobre todo, si tenemos en cuenta los últimos datos recogidos en 2019 en una macro encuesta de Violencia contra la Mujer en la cual se confirmaba que el 71,2% de las jóvenes entre 16 y 24 años habían sufrido este tipo de violencia y el 68,3% de entre 25 y 34 años.
Estos porcentajes tan altos pasan desapercibidos entre los adolescentes por tener determinados comportamientos normalizados. Así, ellos mismos consideraban normal compartir sus contraseñas de redes sociales, mirar el móvil de su pareja o calificar como apropiada o inapropiado la forma de vestir de la misma.
De acuerdo con el Barómetro de 2021 del Centro Reina Sofía, en torno al 18,1% de chicos adolescentes afirmaba mirar el móvil de su pareja, frente al 12,7% de chicas. Asimismo, tres de cada diez chicos consideraban que una pareja limita tu libertad y normalizan los celos como prueba de amor (28% entre los varones, 15% entre ellas).
Dentro de estas pruebas de amor también encontrábamos no realizar determinadas experiencias que conllevaran distanciarse de su novio/a. Algunos de ellos renunciaban al Erasmus para no hacerse daño.
Estos controles indirectos son encubiertos como muestras de lealtad y cariño. No obstante, este tipo de dinámicas deben revertirse y más teniendo en cuenta la edad a las que se producen. En la adolescencia los chicos y chicas están todavía desarrollando su personalidad y dichos apegos tóxicos pueden generar en ellos dependencia y vulnerabilidad. Aspectos que podrán arrastrar el resto de su vida si no conocen las causas y consecuencias de los mismos (véase el Curso de PREVENCIÓN E INTERVENCIÓN DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN ADOLESCENTES).
Las parejas que se encuentran dentro de este perfil que acabamos de describir suelen manifestar que su novio no era violento al principio. De hecho, aseguran que los brotes de ira han sido repentinos y llegan incluso a justificarles por aceptar desde el primer momento relaciones abusivas.
No encontramos ante un problema social. Muchos estudios ya confirman que las personas violentas no tienen ningún desorden genético, sino que es el propio contexto que les rodea el que les alienta determinadas conductas. Sin dejar esto de ser una justificación, un mal entorno familiar, amistades inapropiadas o drogodependencias, entre otras, son el motor de muchos jóvenes agresivos.
Esta problemática se alimenta también por el mal uso que en ocasiones se hace de las redes sociales o los medios de información. Las nuevas tecnologías fomentan patrones de masculinidad muy alejados de la realidad, alimentan el odio y fomentan el ciberbullying a través de perfiles falsos. No resulta extraño ver vídeos de peleas en plataformas virtuales, donde el rol del “verdadero hombre” es defenderse e imponerse ante cualquier discusión usando la violencia.
En definitiva, la única forma operativa de entender este machismo entre los jóvenes es entender las circunstancias familiares y ambientales de los implicados y trabajar a nivel sociedad por mostrar cómo se crean las relaciones realmente sanas. Por ello, tenemos que mostrar las causas o inicios de relaciones abusivas para tratar de evitar llegar a los niveles más altos y educarles en vínculos basados en la confianza y el respeto en lugar de los celos y el control.
